No debemos tener miedo a exponer claramente lo que sentimos, aunque no sea a la persona correcta porque ésta aún no nos haya dado la oportunidad. Cuando se tiene algo dentro, cuando ese algo te está atorando física y mentalmente, lo que debes hacer es sacarlo. Y si no puedes actuar directamente, bien porque realmente no tengas la oportunidad de hacerlo o bien porque estés seguro de que realmente y por una vez en tu vida no es lo correcto, aún te queda la voz para sacar la historia, para escupirla como la lluvia escupe los girasoles hasta quedarte vacío. ¿Saben el problema? Yo creo que el vacío como que duele más. Que constantemente nos vamos armando de historias para sacarlas en un futuro, cuando creamos que no nos queda nada que sacar. Que necesitamos del drama como mero componente de la vida y que una vida sin drama no es drama, ni vida. Por otro lado, he descubierto que a las personas nos encanta autojustificarnos. Yo, personalmente, llevo unos cuantos días buscando justificación a algo que probablemente carece de justificación alguna. Pero lo que más nos gusta, lo que más nos gusta del mundo mundial, y que además casi se convierte en una necesidad, es pensar por el otro. Esto es casi obligatorio. Pensar lo que el otro piensa y, cuando subimos de nivel, pensar sobre lo que el otro piensa que estamos pensando. Es completamente absurdo, porque no nos han dotado de la capacidad de introducirnos en la mente del otro –normalmente situado éste a bastante distancia- y poder ver con claridad lo que habita en su consciente-inconsciente-subconsciente. Hablando de lo consciente, me gustaría mandar al subconsciente todo este caos mental que se ha acumulado en mi mente desde hace unos días y olvidarme por un tiempo. Estoy dispuesta a recordarlo en un futuro, y a pasar entonces la tormenta. Y de mientras, me preparo. Me preparo por los girasoles que puedan caer. Que, de seguro, va a caer una buena. Ya ha caído. Ya cayeron.
No hay comentarios:
Publicar un comentario